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Walter Benjamin, la eterna huida

Walter Benjamin, la eterna huida

Encuentro casualmente entre las páginas de un libro, un antiguo recorte de prensa doblado y amarillento que rememora el aniversario de la muerte de Walter Benjamin en 1940.

Filósofo, crítico marxista, apreciado traductor de Proust y Baudelaire, intelectual marginal, Benjamin nunca pudo dejar atrás su condición de judío alemán en la Europa del S.XX fascista y abiertamente antisemita. Estuvo vinculado a la Escuela de Frankfurt y aunque tuvo una estrecha relación con una de sus principales figuras, Theodor Adorno, sus concepciones acerca del marxismo y el arte divergían por completo. Para Adorno, los medios de comunicación de masas y su capacidad de reproducción de la obra de arte facilitaban su comercialización, la posibilidad de convertir el arte en objeto de consumo, en una mercancía más y eso conducía inevitablemente a su degradación. El arte, y la literatura, no son un reflejo de la realidad sino un medio de distanciamiento de ella. Esto es lo que les otorga su significado y poder especiales y lo que los convierte en la única esfera inalcanzable para la dominación de los estados totalitarios.

Benjamin percibía por el contrario este fenómeno innovador que propiciaban las nuevas técnicas modernas —el cine, la radio, el teléfono, el gramófono— como la consumación del divorcio entre el arte y lo “sagrado”, al despojarlo por fin de ese aura de unicidad que lo había anclado durante siglos al terreno particular de una élite privilegiada. Estas tecnologías ponían en las manos del artista nuevas herramientas de producción que revolucionaban las fuerzas creativas de la época. (¿No os suena todo esto extrañamente familiar?)


Al igual que las innovaciones técnicas de la poesía de Baudelaire o Poe surgieron ante las condiciones asociales y fragmentadas de su propia existencia urbana en París, las historias de detectives -otra gran innovación artística- tuvieron su origen en “la desaparición de las huellas individuales en la muchedumbre de la gran ciudad”. La elección de una técnica u otra dependía de una compleja combinación histórica de cambios sociales y técnicos.

Si los escritores malditos revolucionaron la poesía con sus innovaciones artísticas, inspirados por la populosa y anónima urbe decimonónica de París, ¿qué le inspiró a Benjamin la ascensión al poder de los totalitarismos, del comunismo en la Unión Soviética o del fascismo en Alemania o Italia, la convulsa realidad de la Europa de entreguerras? Criticó el nazismo de Hitler pero también la izquierda, no militó ni en el sionismo, ni en el comunismo ni en el fascismo. En la época de la confrontación de las grandes ideologías, Benjamin se mantiene al margen, se aísla cada vez más. Necesita escapar. Y viaja, constantemente, a todas partes y en todo momento, por necesidad económica o por la urgencia de la huida misma. En 1933 sus críticas a Hitler le valen su exilio del país, nunca volverá a Berlín, su ciudad natal.

A finales de septiembre de 1940 llega, débil y enfermo del corazón, a Portbou, Gerona, tras cruzar los Pirineos con un manuscrito en una cartera como único equipaje. Asedidado por la Gestapo, ante el miedo de que la policía franquista le entregue a los nazis, esa misma noche decide iniciar un camino sin retorno y toma una fuerte dosis de morfina. A las siete de la mañana del día siguiente, Benjamin, aún consciente, advierte a sus compañeros de viaje que hagan presentar la muerte como la consecuencia de una enfermedad y les entrega una carta dirigida a Adorno: “En una situación sin salida no tengo otra elección que terminar; en este pequeño pueblo de los Pirineos, donde nadie me conoce…” Su muerte logra que ninguno de sus compañeros de viaje sea devuelto a la frontera.

Releo el último párrafo del artículo, con la emoción de creer que Walter Benjamin, por encima de su faceta de filósofo, crítico, traductor e intelectual fue, ante todo, un héroe de la épica contemporánea: “En la tesis novena de Sobre la historia – precisamente el manuscrito que pudiera arrastrar Benjamin en la cartera – el “ángel de la historia” quizá explique la razón de ese final al viaje: …Perdido en este mundo despreciable, repudiado por las masas, soy un extenuado, cuya mirada vuelta atrás descubre en la fuga de los años sólo abuso y desengaño y que ante sí tiene únicamente una tempestad que no trae nada nuevo…

El artículo es imposible encontrarlo en la hemeroteca digital de El País, pero podéis tirar de otros hilos, como éste que pone en duda el suicidio de Benjamin.

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